En relación con la mayor o menor rareza de los distintos elementos está la cuestión de su origen. En efecto, ya los griegos, o al menos alguno de sus filósofos, se planteaban la cuestión del origen de las cosas, y la escuela atomista, es decir, la que consideraba la materia como un agregado de distintos átomos, enseñaba que los átomos eran eternos, es Decir, existían desde siempre y siempre seguirían existiendo. Al verificar la hipótesis atomista en la materia ha resultado (en tiempos modernos) que los átomos existieron verdaderamente, pero se han encontrado bien pronto indicios incontestables de que 1 menos en las formas actuales la materia no ha existido desde siempre.

El primer indicio es el de la radiactividad: se sabe que alguno de los átomos que se encontraban en los minerales no son estables y que se transforman en otros con períodos larguísimos pero constantes. Por ejemplo, el torio se transforma en plomo poco a poco, y con un ritmo tal que dependientemente del mineral en donde se encentra en 13,9 miles de millones de años disminuye 50 por 100. Otro elemento radiactivo abundante en s minerales, es decir, el uranio, disminuye hasta un 50 por 100 en 4,45 miles de millones de años, si nos referimos al isotopo más abundante, el llamado uranio-238», mientras que el isotopo más raro, llamado «uranio-235», que es de enorme importancia la industria nuclear, disminuye a la mitad en sólo 710 millones de años. Naturalmente, una vez transcurrido el primer período, es decir, pasados los 13,9 miles de millones de años para el torio ó 4,45 miles millones de años para el uranio, etc., el elemento necesitará un período igual para disminuir otro 50 por 100, y así sucesivamente.

La formación del uranio.

Por tanto, si un elemento como éste, radiactivo, existiese verdaderamente siempre, es decir, si sus átomos fuesen eternos, esto sería imposible porque la eternidad es incompatible con la consumición, aunque sea a un ritmo lentísimo, no sólo esto: supongamos que el uranio hubiese tenido un origen. ¿Cuándo habría sucedido? Si se supone que los dos distintos isótopos hubiesen tenido un origen en cantidades iguales, es fácil calcular que dado que el uranio 235 actualmente es sólo el 7,1 por 1000 de la mezcla natural de los isotopos deberían haber pasado del momento de formación de os átomos de este elemento radiactivo hasta hoy seis miles de millones de años. Las mismas estrellas son gigantescos núcleos en los que sucede una transformación de átomos en otro tipo distinto.

El «combustible» de las estrellas por excelencia es el hidrogeno, es decir, el elemento caracterizado por los tomos más ligeros, los cuales se «funden» para producir otros átomos más pesados, entre los cuales, principalmente, está el helio (como ahora sucede en sol), pero sobre todo en algunos tipos de estrellas sucede todavía la «combustión del helio para formar otros átomos, como el carbono… hasta el hierro, que constituiría un mínimo de energía nuclear, es decir para transformarlo en elementos formados por átomos más pesados se precisa la energía. Tanto que en cierto modo el hierro (y los elementos que tienen más o menos su mismo peso) es una especie de rechazo nuclear en el cual, como de las cenizas para «a combustión, no se puede obtener energía. También está, si se desea una prueba, de que los átomos no pueden existir desde siempre precisamente por que también aquellos no radiactivos en el interior de las estrellas se transforman en otros.

Es más, teorías bien fundadas aseguran que precisamente dentro de as estrellas se han formado los átomos de los elementos más familiares a nosotros, excluido el hidrógeno y una parte del helio. Estos últimos tendrían por el contrario origen en un espectacular proceso sucedido hace una decena de miles de millones de años en el cual en un imán en un acto explosivo todo el universo conocido habría tenido inicio, este proceso es llamado por los cosmólogos «big bang», es decir, gran explosión».

El tecnecio.

En la naturaleza todavía observamos muy comúnmente minerales formados por átomos más pesados que el hierro, mucho de los cuales son conocidos también a los no expertos en la materia, como el estaño, el iodo, la plata, el antimonio, el tungsteno, el oro, el platino y así hasta el uranio, que se caracteriza por tener los átomos más pesados que se pueden encontrar hoy en día en la tierra. Si tienen un indicio todavía precioso para testimoniar la formación continua de estos elementos en algunos tipos de estrellas, existe un elemento prácticamente ausente en la tierra, el tecnecio, del cual todos los isotopos son radiactivos. Aquel que es más duradera, el tecnecio-99, disminuye a la mitad en medio millón de años, un periodo que a nosotros nos puede parecer muy largo pero que ciertamente es alcanzable respecto a la edad de nuestro planeta, por tanto explica la ausencia de este elemento en la tierra.

El tecnecio de como cada elemento un espectro característico y esto permite su identificación en la atmósfera estelar, mientras que es prácticamente imposible determinar por vía espectroscópica la presencia de isotopos radiactivos en las estrellas, que tienen el mismo espectro que las estables. Si existe tecnecio esto se debe continuamente reformar, porque por el contrario habrían desaparecido con el tiempo como sobre la tierra, y esto prueba la existencia de procesos nucleares de síntesis, que son reconducibles a una lenta absorción de neutrones por parte de los átomos (es el llamado proceso «S») y que logra producir en gran parte de los elementos pesados hasta el bismuto, que constituye un limite prácticamente inabordable. Para alcanzar el uranio que requiere veinte neutrones de más se debe acudir a un suceso explosivo en el cual en un tiempo brevísimo se produzcan sustanciales «comillas de neutrones por parte de núcleos atómicos.

ENCICLOPEDIA LOS MINERALES, Ediciones Nueva Lente, página 620